12 de enero de 2015

Noche extraviada



Maravillosa noche la que disfruté este pasado jueves, no lejos de Dos Aguas.

Hacía un frío que congelaba hasta... bueno. Tras la cena salí a gozar de las estrellas, que se veían en muchos centenares, menos en dirección a Valencia, donde había un horrible hongo de luz. Estaba solo en medio de esa carretera (en la foto se ve el pico 'Ave', de unos 950 metros de altura... y al que en otra ocasión querría subir), por la cual apenas pasaban ya vehículos. Todo silencio, y arriba, la oscuridad.

Se veía a simple vista el cometa 'Lovejoy'... al este de Orión, como una manchita nebulosa. Fantástico.

Me avergüenza reconocerlo... pero, en un momento dado, como un poco idiotizado por el espectáculo, me puse a bailar bajo las estrellas (yo, que tengo dos pies izquierdos y debí perder el ritmo allá por en la primera comunión, o antes...). Me tranquiliza que nadie me viera; la oscuridad fue mi aliada.

Después, me metí en casa, escuché a Pink Floyd de nuevo (mi banda sonora estas últimas semanas...), cerré la puerta con pestillo, puse la calefacción en marcha, y a dormir.

Mágico...

(Imagen: El Hermitaño)

La vida (casi) dormida


Sin abono que lo potencie, sin ningún tipo de aditivo ni complemento que le brinde energía extra, sin apenas nada más allá que lo que lo propia tierra posee, ni pesticidas, ni plaguicidas...; en definitiva, con nada más que luz solar, agua y un poco de estiércol, cada plantita va creciendo poco a poco, esforzada, trabajosamente... No lo tienen sencillo, en esas condiciones, pero ellas son buenas, generosas, y lentamente van subiendo, adquiriendo tamaño y robustez.

Y es reconfortante ver que, aunque se abata el frío o las heladas encima de ellas, prosiguen su ritmo... Las alcachofas se queman por el termómetro bajo cero, pero incluso así las pequeñitas pugnan por no dejarse vencer, y las ves brotar, ansiosas por desarrollarse, pese a estar malheridas. Bonito, ver las ganas que, pese a todo, tiene la vida de vivir...

Y, dentro de pocas semanas... la primavera. Se iniciará otro ciclo, uno más, y la rueda empezará a dar vueltas de nuevo, sin fatiga, sin fin. Hay que arrancar la maleza, trabajar la tierra, preparar los caballones y los lechos, estercolar... Y, para cuando el sol pille el equinoccio, hurgar con la mano, dejar caer las semillas y aguardar.

Mantener ocupadas las manos, la mente y el corazón. Y descansar; y compartir. Y hacer que los que te rodean vivan mejor.

Con eso me basta.

(Imagen: El Hermitaño)

5 de enero de 2015

Los magos o la verdad


"¿Tuvieron nuestros padres derecho a mentirnos acerca de los Reyes Magos? Hoy, precisamente, millones de niños serán engañados cuando reciban sus regalos, creyendo que fueron aquellos tres quienes se los trajeron cuando, obviamente, no es el caso. ¿Puede y debe la verdad estar por encima de todo? ¿Compensa, para el niño, creer en algo así, o es más bien algo que hacen los adultos para ver en sus hijos la inocencia y la ingenuidad que ya han perdido? Y, si es así, ¿están legitimados los padres para ello o deberíamos sancionar su comportamiento?"

En otro blog he tratado un poco por encima esta interesante cuestión. Si alguien siente curiosidad o quiere aportar su postura... siempre será bienvenido.

7 de diciembre de 2014

Faena al raso y creatividad

"El trabajo duro, continuo y absorbente con las manos, especialmente a la intemperie, es precioso para el hombre literario y le sirve directamente. Aquí he estado midiendo en  los bosques durante seis días y, cuando llego a casa por la tarde, algo cansado al final, y comienzo a sentir que tengo nervios, me encuentro a mí mismo más susceptible que de costumbre a las influencias más sutiles -como la música y la poesía. Simplemente el aire me puede intoxicar o la más mínima visión o sonido, como si mis sentidos más sutiles hubieras adquirido más rápido un apetito por ellos".

Henry David Thoreau, Diario, entrada del 20 de noviembre de 1851.

(Traducción por Guillermo Ruiz)

25 de noviembre de 2014

Tu partida


Te fuiste.

No lo esperaba, Vega, amigo.

Sobretodo porque habíamos empezado, tras muchos meses, a congeniar de verdad. Ya venías a recibirme cuando escuchabas la llave entrando en el candado de la puerta. Gruñías, también, para hacerme ver que tenías hambre. Y, tras comer un poco el pienso, te acercabas y te frotabas, agradecido.

Y tampoco esperaba que fuera tan brusco. No diste muestra de querer marcharte. Nunca salías de la casita, excepto ratitos cortos, por curiosidad, y volvías presto. Te gustaba acurrucarte debajo de mi hamaca mientras me ponía a leer, ¿recuerdas? Alzabas tu mirada hacia mí y, al acariciarte, tu caída de ojos delataba que te gustaba...

Atrás, muy atrás, quedó ese tiempo en el que no nos aveníamos bien. Yo no sabía que hacer contigo, cuando bufabas y tratabas de apartar a tus hermanos mientras comías. Cuando imponías con tu pata que aquello era tu alimento, y sólo tuyo... Por suerte, aprendimos, ambos, cómo era el otro... y los dos cedimos. Tú toleraste a tus iguales, y yo te cedí todo el pienso que necesitabas. Sólo así pudimos establecer un vínculo.

También huías de mi presencia, si trataba de acercarme a ti. Pero el contacto continuo, aún a distancia, nos aproximó y poco a poco perdiste el miedo y la inseguridad. Y, como Morro y ahora como Pipo, lo que antes era temor y desconfianza se volvió tranquilidad y bienestar. En ambos sentidos. 

El último día fue muy bonito. Hacía fresco, ¿te acuerdas? el ambiente era brumoso y desagradable, a mediados de octubre. Notabas la humedad y, por primera vez, subiste a mi regazo. A mí me sorprendió, pero fue delicioso sentir tu calor encima y cómo te enroscabas para conservarlo mejor. Me miraste un momento, y te dispusiste a dormitar. Y hubo felicidad, en esos minutos mágicos, ¿verdad?

Ése fue tu postrer regalo, como si supieras que algo (o, quién sabe si alguien...) nos iba a separar. Tras aquella tarde no volví a saber de ti.

Quizá fue sólo tu naturaleza, el instinto que te marca y te dirige. Tuviste que marcharte porque así estaba escrito en tu corazón genético. Confío en que sea ése el motivo.

Llegues adonde llegues, y estés donde estés, buena suerte.

Y no olvides, Vega, que te echo mucho de menos.

Hasta siempre.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de noviembre de 2014

Reformas


Este otoño he decidido cambiar la forma de trabajar la tierra. 

Anteriormente me ocupaba tres cuartas partes del tiempo el desherbado manual a causa de la proliferación desatada de la juncia, y la posterior labor de binado y rastrillado (no empleo herbicidas, ya no...). Resultaba un agotador esfuerzo, sobretodo mental, porque al cabo de unos pocos días la juncia volvía a aparecer... parecía inmortal. Y eso te desmoralizaba.

Sin embargo, gracias a un manual de horticultura ecológica he recurrido a un viejo truco: cubrir la tierra con acolchados vegetales. Sirven todo tipo de restos: hojas caducas de frutales, hojas secas de (por ejemplo) las alcachofas, cultivos improductivos arrancados y, por supuesto, las propias juncias, una vez dejadas al sol (en la foto se ven juncias secas y, a la derecha, una capa de hojas secas de higuera). Una capa superficial de cuatro o cinco centímetro de espesor... y adiós juncias.

Y todo son ventajas: no sólo reduce asombrosamente la aparición de hierbas competidoras; también evita la pérdida de la humedad del suelo, así como protege la capa superficial de tierra, la más rica, que contiene las bacterias necesarias para el correcto funcionamiento y reciclado del terreno, pues la luz ultravioleta solar se encarga de destruir dicha capa, si la tierra está desnuda. Por si fuera poco, el acolchado orgánico impide que la tierra se apelmace, endureciéndose, por lo que es mucho más fácil de labrar cuando lo ocasión lo requiera.

Aunque es estéticamente feo (es más agradable a la vista ver el huerto desnudo, la tierra expuesta al sol), lo mejor para la tierra es cubrirla, protegerla y mimarla, pues es de ahí de donde tienen que brotar nuestros alimentos. Y, si nos dedicamos a envenenarla, tarde o temprano ese veneno pasará a lo que llevemos a nuestra boca. 

Me aconsejan, todos mis vecinos horticultores, recurrir (como hacen ellos) al fumigado con herbicidas, y mi padre e incluso mi abuelo me instan también a hacerlo. Alguno de aquéllos ya empieza a no hablarme demasiado... dado que no comulgo con sus consejos.

Ahora, poco a poco, cabe ir limpiando el resto del huerto, siguiendo el mismo método. Y, si me miran mal, si no charlan conmigo, si me gano la reputación de "listillo" por seguir mi propia técnica (la misma que se seguía antes de que aparecieran los productos químicos comerciales) pues... ¿qué le voy a hacer? Ellos no me lo agradecerán nunca, pero la tierra probablemente sí y eso es lo que más me importa.

Y, ¿qué hago ahora esas tres cuartas partes del tiempo que ya no empleo en arrancar juncias? Pues mirar, pensar, controlar, ensoñar... volver a mirar, y meditar qué me prepararé al mediodía para comer.

Y, mirar cómo vuelan las garzas. Y cómo maduran las mandarinas...

Y lo bonito, pese a todo, que es el mundo.

(Imagen: El Hermitaño)

7 de noviembre de 2014

Kepler, entre la mística y la geometría


Si a alguien no le asusta adentrarse en la vida de alguien que lleva muerto casi cuatrocientos años y si, además, tampoco le tiene miedo a mi incapacidad manifiesta de síntesis (en otras palabras: exceso de letra) y mi prosa farragosa, puede intentar echarle un vistazo a las dos partes de un artículo que salió publicado en la revista "Huygens", de la Agrupación Astronómica de la Safor.

Johannes Kepler (1571-1630) fue un singular astrónomo y teórico alemán, que trató de conseguir una comprensión del universo basada en la armonía matemática, la geometría y sus convicciones místicas. Una personalidad extravagante y, por ello mismo, fascinante... 

Nueve páginas tiene la primera parte del artículo; doce, la segunda. Ánimo, valientes... :)

Primera y Segunda Parte.

3 de noviembre de 2014

De garbeo...


La "Xiqueta" por las tierras de Soria, camino de Medinaceli


Ermita de San Baudelio (Soria), enclave mágico y de imborrables recuerdos


Junto al río Tera, en Puebla de Sanabria (Zamora)


Mi madre no está muy puesta en hacer fotos...


A la entrada de Las Médulas (León)


Frente al lago de Sanabria (Zamora)


Mi madre, zampándose castañas en el bosque cercano a Orellán (León)


Arco romano de Medinaceli (Soria)


Mi madre, avanzando tan pancha por el Cañón del Río Lobos, cerca de Hontoria del Pinar (Burgos)


Mirador a la entrada del Cañón del Río Lobos, justo sobre Ucebo (Soria)


Vimos otros muchos lugares, pueblos y entornos pero, o no hay fotos o me da pereza subirlas todas... También faltó tiempo para paladear con paciencia cada rincón y cada sensación que nos ofrecían y no pudimos, tampoco, visitar a ciertas personas que nos hubiera gustado mucho tener entre nosotros.

Ello llegará, si los hados quieren, en la próxima ocasión...

(Imágenes: El Hermitaño)

1 de noviembre de 2014

Germán


El jueves me dirigía a la biblioteca para leer la revista que lleva por título ese día de la semana, una de mis favoritas, cuando en mitad de la calle un hombre de unos cuarenta y cinco años me detuvo.

Hablaba bajito, tanto que tenía que acercar a él mi oreja derecha, ya de por sí algo sorda, para poder apreciar sus poco audibles palabras.

Me dijo que necesitaba comprar un medicamento. Y que costaba 1,5 euros. Yo parpadeé; iba muy bien vestido, con camisa limpia, unos vaqueros (luego descubriría que eran unos Levi's 501) y unos zapatos negros de aspecto muy nuevo.

Iba a seguir mi camino, tan tranquilamente, y a dejar a aquel hipócrita con su cuento para otro... pero miré sus ojos. Y algo hubo, en ellos, que me hizo sospechar que aquel hombre no mentía.

Le pregunté si, en lugar de darle el miserable euro con cincuenta, podía acompañarle a la farmacia (había una a la vuelta de la esquina) y comprarle allí las pastillas. Me dijo que sí, que no había problema. Fuimos. 

Mientras caminábamos, advertí una cajetilla roja en su bolsillo izquierdo. Le pregunté, aún un poco reticente: "¿Eso es tabaco?". Respondió que sí. Eso me mosqueó, y le solté: "Entonces, tiene dinero para comprarse tabaco pero no un medicamento que cuesta 1,5 euros?". Me miró, y me dijo que le duraba casi una semana. Se encogió de hombros, y esos ojos... fue como si se disculparan. Seguimos andando.

Al llegar a la farmacia, le pregunté qué tipo de medicamento necesitaba. Contestó que un antidepresivo. Asentí. Y aguardamos. En un momento dado, el hombre se giró y me pidió más dinero para comprar comida. Le dije que no llevaba mucho más encima (era cierto, apenas un par de euros, que siempre llevo por si las moscas...).

Al llegar nuestro turno, la dependienta le hizo saber que sólo podía obtener su antidepresivo a partir del día 1; no había leído bien la fecha en la receta médica. Así que salimos. En la entrada de la farmacia, me rogó que le diera algo para comprar comida. Le tendí lo destinado a su medicamento.

Salimos, le pregunté su nombre. No entendí; me lo repitió: Germán. 

Estrechamos las manos y vi cómo se alejaba. Le seguí con la mirada. ¿Entraría en el Mercadona de enfrente? Sí, lo hizo. ¿Qué compraría? Nunca lo sabré.

Pese a sus Levi's, sus zapatos negros, su cajetilla de Malboro, aquel hombre es pobre. Lo es. Aunque tenga recursos, es pobre. Se rebaja a pedir, a rogar unas monedas. ¿Me la pegó? Tampoco lo sé, y tampoco me importa. Yo confié, sin más.

Si, como dijo Ch. Friedrich Hebbel, "los ojos son el punto donde se mezclan alma y cuerpo", aquellos que tenía Germán no expresaban físicamente más que un tormento de su espíritu. Un dolor, un abatimiento... el signo de una depresión.

La idea es intentar ayudar, evitar que otras personas padezcan. Y confiar. Confiar en su honestidad, aunque los indicios y las señales puedan hacerte dudar.

¿Quién carajo soy yo para juzgar? Si le veo una próxima vez, tal vez le compre un ejemplar de "El jueves", para que se eche unas risas y deje un poquito de lado su nube negra, esa nube negra, opaca y triste que aprecié en sus ojos.

27 de octubre de 2014

Compañeros en ruta


Nada mejor que la compañía de un bigotudo cariñoso para alegrarte un poco más la tarde. A este hermoso me lo encontré en el aparcamiento de Las Médulas (León), y no se marchó ni siquiera por la noche, cuando salí a estirar las piernas y a intentar pillar cobertura antes de marcharme a dormir. Allí estaba, encima de la cerca de madera, esperando a que saliera, para jugar conmigo...


Se colaba entre tus piernas, frotándose... jugando con mis dedos, dando saltitos. Y, a la noche, me senté en el suelo y se subió a mi regazo... enroscándose, ronroneando... Imposible no encariñarte con una criatura así.

A mi vez, le protegí de un perro que se acercó, con más ánimos de jugar que otra cosa, con la bola peluda en que se convirtió el felino al ver al cánido. Cuando desapareció éste, volvimos a nuestra juerga...

Cómo alegra encontrar a compañeros así a 800 kilómetros de casa, que ofrecen su cariño a cambio de nada.

(Imágenes: El Hermitaño)

Una vida (segada)


Quien entrara en el salón de nuestra casa hace unos días podría haber pensado que habíamos pintado un fantasma en la pared, justo encima del sofá. 

Y, de algún modo, no iría demasiado descaminado, porque lo que ahí había era, en efecto, el espectro de algo que antaño estuvo vivo. Mejor dicho, alguien que estuvo vivo y que perdió esa vida a causa de otro alguien, que decidió apretar el gatillo, dejar salir el cartucho y asesinar.

Ese "alguien" que escogió matar fue mi padre; y el "alguien" que colgó en la pared, anclado a una losa de madera, disecado, con los ojos postizos, ese alguien fue (en su día) un hermoso ciervo de dieciséis puntas.

Recuerdo haberlo visto cuando llegó a nuestra casa, en enero de 1986. Sólo una parte de él, sólo el maldito "trofeo", la noble efigie de un animal portentoso que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de alguien que quería divertirse a costa de la vida de los demás.

Me asusté un poco cuando observé todas esas puntas, el morro alargado, las puntiagudas orejas. Era un animal grande, noble, admirable. Yo tenía cinco años, y no entendía qué gracia tenía traer algo así al salón, pero miré a mi padre, que estaba jubiloso, y simplemente lo acepté. No había conciencia de la muerte del ciervo; de haberlo visto, ensangrentado, en el campo abierto de Riofrío, la sensación hubiera sido muy distinta. Pero, en casa, limpio y acicalado, con el pelaje alisado, parecía aún vivo. Parecía brotar de la pared... Y, simplemente, acabé por tomarlo como un 'adorno', un complemento de la casa, como quien coloca un cuadro o unas petunias encima de la mesa.

Con el tiempo, llegó a integrarse tanto en el mobiliario que ya no le hacía ningún caso. Pero hubo un momento, hace ya bastantes años, en que "vi" de nuevo a ese ser que estuvo vivo. Miraba los ojos de cristal y le imaginaba aún respirando, aún latiendo su corazón, comiendo hierbajos, buscando a su hembra, desarrollando su vida, esa otra que pudo haber sido y que jamás le llegará.

Demasiado fácil es segar una existencia. Demasiado simple. Un sólo disparo, y matamos todo un porvenir, ya sea una vida humana o animal. Y, si en el primer caso, se le llama asesinato, ¿por qué no en el segundo? Y, si execramos aquel acto; ¿por qué no éste?

Es hermoso abrirse paso por el monte, seguir senderos, subir picos, admirar la belleza del mundo natural que nos rodea. No es necesario llevar armas, perros cazadores, no cabe perseguir nada, tan sólo el disfrute del hecho de estar vivos y de la existencia de los demás. ¿Tan complicado resulta? ¿Por qué llenar el ocio de matanzas, sangre, vísceras, violencias y sufrimientos? ¿Por qué no, sencillamente, limitar los disparos a los de las cámaras fotográficas?

La subordinación de unas especies bajo otras en la cadena alimentaria presente en la naturaleza puede, gracias a nuestra conciencia y sentido ético, convertirse en una convivencia respetuosa. Todo es cuestión de educación, de empatía, de pensar y sentir por el otro. Sea humano o animal.

Aquel ciervo que vivió muerto en mi salón durante 28 años jamás debería haber abandonado la dehesa. Debería haber continuado con su berrea, lanzado sus anhelos al cielo de Guadalajara. Ése era su sitio, y no mi casa. Ése debería haber sido su lugar de vida, vagando, descubriendo, experimentando... Y, cuando fuera su hora, cerrar los ojos y sentir la oscuridad inmensa. 

El "trofeo" ya no cuelga en el salón. Lo hemos retirado porque ha empezado a podrirse por dentro y apesta, y su pelo cae en el sofá. Ya estorba. Y, como siempre se la ha considerado un mueble, debe ser desechado.

Pero su recuerdo perdura. Mi madre lamenta haberlo tenido en casa, siempre lo hizo; sólo mi padre sigue orgulloso, porque aún no ha interiorizado (¿lo hará?) que su presencia colgante no es símbolo de hombría, ni de valor, ni de nada. 

Matar es sólo eso, un acto de violencia. Y, cuando se considera deporte o entretenimiento, es aún más vil y odioso. Es dañar por gusto, es asesinar por el placer de decidir cuándo debe algo morir. Es un juego para creerse Dios. Y es una muestra de simpleza, de bajeza moral y de falta de personalidad.

En la vida imaginada, la que nunca te dejaron tener, amigo, tú aún corres por las colinas. Aún te encabritas, aún vives y aún amas.

Nunca te olvidaré.

Jamás.

(Imagen: El Hermitaño)

25 de septiembre de 2014

El outsider

"El problema del contexto negativo de la diferencia permite considerar, junto al tema del aburrimiento, una figura importante que centra su mismo valor en el concepto de diferencia: la figura del marginal, del “extraterritorial” o el outsider. Es una figura basada en el ejercicio de la diferencia frente a lo común, y lo aceptado. El outsider encarna la diferencia y se convierte, él mismo, en una excepción viviente que juzga –aun sin pretenderlo– todo ámbito constituido por la uniformidad convencional.

Es una figura que ha existido en todas las épocas y culturas, aun con diferente grado del mantenimiento de la diferencia. El marginal representa, en cierto modo, cuantos rasgos positivos caracterizan la diferencia y el rechazo del contexto negativo de la diferencia. Su postura permite captar el sentido de la diferencia. Y, lo que es más importante, el verdadero marginal se encuentra moldeado por el dolor de la diferencia, siendo una encarnación de esa diferencia.

Del mismo modo que la diferencia presenta múltiples facetas y puede estar presente en diferentes ámbitos, el outsider puede tener configuraciones muy diferentes. Y puede encontrarse en ámbitos muy diferentes, que van desde la vida cotidiana a las expresiones más ricas del conocimiento, del arte, de la vida política y de distintas actividades prácticas.

El outsider pasa, en ocasiones, a formar parte de los libros de historia. Pero, la mayoría de las veces, su existencia y su obra quedan confinadas a la letra pequeña de esos mismos manuales, si es que perdura su recuerdo. Porque muchas veces no queda ni eso. Su existencia termina en la pérdida absoluta. Como si con ello mostraran que el sentido de la diferencia es el de perder siempre en un mundo donde sólo parecen ganar las positividades más radicales. Pues el outsider es, la mayoría de las veces, un perdedor. Lo que ocurre es que su existencia ilumina el posible sentido positivo que la imagen del “perdedor” puede poseer.

En ocasiones, el marginal renuncia a lo común con una gran teatralidad, como si necesitara señalar sus diferencias respecto a lo convencional y establecido de un modo explícito. Sin embargo, no es necesario que el outsider muestre los rasgos de la diferencia que le caracterizan, si esta diferencia es lo suficientemente fuerte y se encuentra debidamente fundamentada.

No es necesario que la diferencia se revista de teatralidad y se muestre de modo ostensible. Si la diferencia está basada en fundamentos sólidos, puede erigirse orgullosamente con la modestia del silencio y el orgullo del propio convencimiento, que no necesita nada externo a ellos. Es importante tenerlo en cuenta, porque muchos de los más radicales outsiders conviven en el silencio de la cotidianeidad más uniforme y en el aparente aburrimiento de la existencia propia de nuestra sociedad contemporánea.

Algunas de las más importantes contribuciones de la filosofía se encuentran elaboradas por outsiders que, aun sin parecerlo, son más radicales en su rechazo de la uniformidad que aquellos que pregonan su marginalidad, O que han tomado como profesión –triste profesión– la de ser modelos de algo que nunca puede ser imitado. Porque la diferencia no admite aduladores y nunca podrá ser realmente imitada."

Ignacio Izuzquiza, La filosofía como forma de vida, Síntesis, Madrid, 2005.