25 de noviembre de 2014

Tu partida


Te fuiste.

No lo esperaba, Vega, amigo.

Sobretodo porque habíamos empezado, tras muchos meses, a congeniar de verdad. Ya venías a recibirme cuando escuchabas la llave entrando en el candado de la puerta. Gruñías, también, para hacerme ver que tenías hambre. Y, tras comer un poco el pienso, te acercabas y te frotabas, agradecido.

Y tampoco esperaba que fuera tan brusco. No diste muestra de querer marcharte. Nunca salías de la casita, excepto ratitos cortos, por curiosidad, y volvías presto. Te gustaba acurrucarte debajo de mi hamaca mientras me ponía a leer, ¿recuerdas? Alzabas tu mirada hacia mí y, al acariciarte, tu caída de ojos delataba que te gustaba...

Atrás, muy atrás, quedó ese tiempo en el que no nos aveníamos bien. Yo no sabía que hacer contigo, cuando bufabas y tratabas de apartar a tus hermanos mientras comías. Cuando imponías con tu pata que aquello era tu alimento, y sólo tuyo... Por suerte, aprendimos, ambos, cómo era el otro... y los dos cedimos. Tú toleraste a tus iguales, y yo te cedí todo el pienso que necesitabas. Sólo así pudimos establecer un vínculo.

También huías de mi presencia, si trataba de acercarme a ti. Pero el contacto continuo, aún a distancia, nos aproximó y poco a poco perdiste el miedo y la inseguridad. Y, como Morro y ahora como Pipo, lo que antes era temor y desconfianza se volvió tranquilidad y bienestar. En ambos sentidos. 

El último día fue muy bonito. Hacía fresco, ¿te acuerdas? el ambiente era brumoso y desagradable, a mediados de octubre. Notabas la humedad y, por primera vez, subiste a mi regazo. A mí me sorprendió, pero fue delicioso sentir tu calor encima y cómo te enroscabas para conservarlo mejor. Me miraste un momento, y te dispusiste a dormitar. Y hubo felicidad, en esos minutos mágicos, ¿verdad?

Ése fue tu postrer regalo, como si supieras que algo (o, quién sabe si alguien...) nos iba a separar. Tras aquella tarde no volví a saber de ti.

Quizá fue sólo tu naturaleza, el instinto que te marca y te dirige. Tuviste que marcharte porque así estaba escrito en tu corazón genético. Confío en que sea ése el motivo.

Llegues adonde llegues, y estés donde estés, buena suerte.

Y no olvides, Vega, que te echo mucho de menos.

Hasta siempre.

(Imagen: El Hermitaño)

16 de noviembre de 2014

Reformas


Este otoño he decidido cambiar la forma de trabajar la tierra. 

Anteriormente me ocupaba tres cuartas partes del tiempo el desherbado manual a causa de la proliferación desatada de la juncia, y la posterior labor de binado y rastrillado (no empleo herbicidas, ya no...). Resultaba un agotador esfuerzo, sobretodo mental, porque al cabo de unos pocos días la juncia volvía a aparecer... parecía inmortal. Y eso te desmoralizaba.

Sin embargo, gracias a un manual de horticultura ecológica he recurrido a un viejo truco: cubrir la tierra con acolchados vegetales. Sirven todo tipo de restos: hojas caducas de frutales, hojas secas de (por ejemplo) las alcachofas, cultivos improductivos arrancados y, por supuesto, las propias juncias, una vez dejadas al sol (en la foto se ven juncias secas y, a la derecha, una capa de hojas secas de higuera). Una capa superficial de cuatro o cinco centímetro de espesor... y adiós juncias.

Y todo son ventajas: no sólo reduce asombrosamente la aparición de hierbas competidoras; también evita la pérdida de la humedad del suelo, así como protege la capa superficial de tierra, la más rica, que contiene las bacterias necesarias para el correcto funcionamiento y reciclado del terreno, pues la luz ultravioleta solar se encarga de destruir dicha capa, si la tierra está desnuda. Por si fuera poco, el acolchado orgánico impide que la tierra se apelmace, endureciéndose, por lo que es mucho más fácil de labrar cuando lo ocasión lo requiera.

Aunque es estéticamente feo (es más agradable a la vista ver el huerto desnudo, la tierra expuesta al sol), lo mejor para la tierra es cubrirla, protegerla y mimarla, pues es de ahí de donde tienen que brotar nuestros alimentos. Y, si nos dedicamos a envenenarla, tarde o temprano ese veneno pasará a lo que llevemos a nuestra boca. 

Me aconsejan, todos mis vecinos horticultores, recurrir (como hacen ellos) al fumigado con herbicidas, y mi padre e incluso mi abuelo me instan también a hacerlo. Alguno de aquéllos ya empieza a no hablarme demasiado... dado que no comulgo con sus consejos.

Ahora, poco a poco, cabe ir limpiando el resto del huerto, siguiendo el mismo método. Y, si me miran mal, si no charlan conmigo, si me gano la reputación de "listillo" por seguir mi propia técnica (la misma que se seguía antes de que aparecieran los productos químicos comerciales) pues... ¿qué le voy a hacer? Ellos no me lo agradecerán nunca, pero la tierra probablemente sí y eso es lo que más me importa.

Y, ¿qué hago ahora esas tres cuartas partes del tiempo que ya no empleo en arrancar juncias? Pues mirar, pensar, controlar, ensoñar... volver a mirar, y meditar qué me prepararé al mediodía para comer.

Y, mirar cómo vuelan las garzas. Y cómo maduran las mandarinas...

Y lo bonito, pese a todo, que es el mundo.

(Imagen: El Hermitaño)

7 de noviembre de 2014

Kepler, entre la mística y la geometría


Si a alguien no le asusta adentrarse en la vida de alguien que lleva muerto casi cuatrocientos años y si, además, tampoco le tiene miedo a mi incapacidad manifiesta de síntesis (en otras palabras: exceso de letra) y mi prosa farragosa, puede intentar echarle un vistazo a las dos partes de un artículo que salió publicado en la revista "Huygens", de la Agrupación Astronómica de la Safor.

Johannes Kepler (1571-1630) fue un singular astrónomo y teórico alemán, que trató de conseguir una comprensión del universo basada en la armonía matemática, la geometría y sus convicciones místicas. Una personalidad extravagante y, por ello mismo, fascinante... 

Nueve páginas tiene la primera parte del artículo; doce, la segunda. Ánimo, valientes... :)

Primera y Segunda Parte.

3 de noviembre de 2014

De garbeo...


La "Xiqueta" por las tierras de Soria, camino de Medinaceli


Ermita de San Baudelio (Soria), enclave mágico y de imborrables recuerdos


Junto al río Tera, en Puebla de Sanabria (Zamora)


Mi madre no está muy puesta en hacer fotos...


A la entrada de Las Médulas (León)


Frente al lago de Sanabria (Zamora)


Mi madre, zampándose castañas en el bosque cercano a Orellán (León)


Arco romano de Medinaceli (Soria)


Mi madre, avanzando tan pancha por el Cañón del Río Lobos, cerca de Hontoria del Pinar (Burgos)


Mirador a la entrada del Cañón del Río Lobos, justo sobre Ucebo (Soria)


Vimos otros muchos lugares, pueblos y entornos pero, o no hay fotos o me da pereza subirlas todas... También faltó tiempo para paladear con paciencia cada rincón y cada sensación que nos ofrecían y no pudimos, tampoco, visitar a ciertas personas que nos hubiera gustado mucho tener entre nosotros.

Ello llegará, si los hados quieren, en la próxima ocasión...

(Imágenes: El Hermitaño)

1 de noviembre de 2014

Germán


El jueves me dirigía a la biblioteca para leer la revista que lleva por título ese día de la semana, una de mis favoritas, cuando en mitad de la calle un hombre de unos cuarenta y cinco años me detuvo.

Hablaba bajito, tanto que tenía que acercar a él mi oreja derecha, ya de por sí algo sorda, para poder apreciar sus poco audibles palabras.

Me dijo que necesitaba comprar un medicamento. Y que costaba 1,5 euros. Yo parpadeé; iba muy bien vestido, con camisa limpia, unos vaqueros (luego descubriría que eran unos Levi's 501) y unos zapatos negros de aspecto muy nuevo.

Iba a seguir mi camino, tan tranquilamente, y a dejar a aquel hipócrita con su cuento para otro... pero miré sus ojos. Y algo hubo, en ellos, que me hizo sospechar que aquel hombre no mentía.

Le pregunté si, en lugar de darle el miserable euro con cincuenta, podía acompañarle a la farmacia (había una a la vuelta de la esquina) y comprarle allí las pastillas. Me dijo que sí, que no había problema. Fuimos. 

Mientras caminábamos, advertí una cajetilla roja en su bolsillo izquierdo. Le pregunté, aún un poco reticente: "¿Eso es tabaco?". Respondió que sí. Eso me mosqueó, y le solté: "Entonces, tiene dinero para comprarse tabaco pero no un medicamento que cuesta 1,5 euros?". Me miró, y me dijo que le duraba casi una semana. Se encogió de hombros, y esos ojos... fue como si se disculparan. Seguimos andando.

Al llegar a la farmacia, le pregunté qué tipo de medicamento necesitaba. Contestó que un antidepresivo. Asentí. Y aguardamos. En un momento dado, el hombre se giró y me pidió más dinero para comprar comida. Le dije que no llevaba mucho más encima (era cierto, apenas un par de euros, que siempre llevo por si las moscas...).

Al llegar nuestro turno, la dependienta le hizo saber que sólo podía obtener su antidepresivo a partir del día 1; no había leído bien la fecha en la receta médica. Así que salimos. En la entrada de la farmacia, me rogó que le diera algo para comprar comida. Le tendí lo destinado a su medicamento.

Salimos, le pregunté su nombre. No entendí; me lo repitió: Germán. 

Estrechamos las manos y vi cómo se alejaba. Le seguí con la mirada. ¿Entraría en el Mercadona de enfrente? Sí, lo hizo. ¿Qué compraría? Nunca lo sabré.

Pese a sus Levi's, sus zapatos negros, su cajetilla de Malboro, aquel hombre es pobre. Lo es. Aunque tenga recursos, es pobre. Se rebaja a pedir, a rogar unas monedas. ¿Me la pegó? Tampoco lo sé, y tampoco me importa. Yo confié, sin más.

Si, como dijo Ch. Friedrich Hebbel, "los ojos son el punto donde se mezclan alma y cuerpo", aquellos que tenía Germán no expresaban físicamente más que un tormento de su espíritu. Un dolor, un abatimiento... el signo de una depresión.

La idea es intentar ayudar, evitar que otras personas padezcan. Y confiar. Confiar en su honestidad, aunque los indicios y las señales puedan hacerte dudar.

¿Quién carajo soy yo para juzgar? Si le veo una próxima vez, tal vez le compre un ejemplar de "El jueves", para que se eche unas risas y deje un poquito de lado su nube negra, esa nube negra, opaca y triste que aprecié en sus ojos.

27 de octubre de 2014

Compañeros en ruta


Nada mejor que la compañía de un bigotudo cariñoso para alegrarte un poco más la tarde. A este hermoso me lo encontré en el aparcamiento de Las Médulas (León), y no se marchó ni siquiera por la noche, cuando salí a estirar las piernas y a intentar pillar cobertura antes de marcharme a dormir. Allí estaba, encima de la cerca de madera, esperando a que saliera, para jugar conmigo...


Se colaba entre tus piernas, frotándose... jugando con mis dedos, dando saltitos. Y, a la noche, me senté en el suelo y se subió a mi regazo... enroscándose, ronroneando... Imposible no encariñarte con una criatura así.

A mi vez, le protegí de un perro que se acercó, con más ánimos de jugar que otra cosa, con la bola peluda en que se convirtió el felino al ver al cánido. Cuando desapareció éste, volvimos a nuestra juerga...

Cómo alegra encontrar a compañeros así a 800 kilómetros de casa, que ofrecen su cariño a cambio de nada.

(Imágenes: El Hermitaño)

Una vida (segada)


Quien entrara en el salón de nuestra casa hace unos días podría haber pensado que habíamos pintado un fantasma en la pared, justo encima del sofá. 

Y, de algún modo, no iría demasiado descaminado, porque lo que ahí había era, en efecto, el espectro de algo que antaño estuvo vivo. Mejor dicho, alguien que estuvo vivo y que perdió esa vida a causa de otro alguien, que decidió apretar el gatillo, dejar salir el cartucho y asesinar.

Ese "alguien" que escogió matar fue mi padre; y el "alguien" que colgó en la pared, anclado a una losa de madera, disecado, con los ojos postizos, ese alguien fue (en su día) un hermoso ciervo de dieciséis puntas.

Recuerdo haberlo visto cuando llegó a nuestra casa, en enero de 1986. Sólo una parte de él, sólo el maldito "trofeo", la noble efigie de un animal portentoso que tuvo la mala suerte de cruzarse en el camino de alguien que quería divertirse a costa de la vida de los demás.

Me asusté un poco cuando observé todas esas puntas, el morro alargado, las puntiagudas orejas. Era un animal grande, noble, admirable. Yo tenía cinco años, y no entendía qué gracia tenía traer algo así al salón, pero miré a mi padre, que estaba jubiloso, y simplemente lo acepté. No había conciencia de la muerte del ciervo; de haberlo visto, ensangrentado, en el campo abierto de Riofrío, la sensación hubiera sido muy distinta. Pero, en casa, limpio y acicalado, con el pelaje alisado, parecía aún vivo. Parecía brotar de la pared... Y, simplemente, acabé por tomarlo como un 'adorno', un complemento de la casa, como quien coloca un cuadro o unas petunias encima de la mesa.

Con el tiempo, llegó a integrarse tanto en el mobiliario que ya no le hacía ningún caso. Pero hubo un momento, hace ya bastantes años, en que "vi" de nuevo a ese ser que estuvo vivo. Miraba los ojos de cristal y le imaginaba aún respirando, aún latiendo su corazón, comiendo hierbajos, buscando a su hembra, desarrollando su vida, esa otra que pudo haber sido y que jamás le llegará.

Demasiado fácil es segar una existencia. Demasiado simple. Un sólo disparo, y matamos todo un porvenir, ya sea una vida humana o animal. Y, si en el primer caso, se le llama asesinato, ¿por qué no en el segundo? Y, si execramos aquel acto; ¿por qué no éste?

Es hermoso abrirse paso por el monte, seguir senderos, subir picos, admirar la belleza del mundo natural que nos rodea. No es necesario llevar armas, perros cazadores, no cabe perseguir nada, tan sólo el disfrute del hecho de estar vivos y de la existencia de los demás. ¿Tan complicado resulta? ¿Por qué llenar el ocio de matanzas, sangre, vísceras, violencias y sufrimientos? ¿Por qué no, sencillamente, limitar los disparos a los de las cámaras fotográficas?

La subordinación de unas especies bajo otras en la cadena alimentaria presente en la naturaleza puede, gracias a nuestra conciencia y sentido ético, convertirse en una convivencia respetuosa. Todo es cuestión de educación, de empatía, de pensar y sentir por el otro. Sea humano o animal.

Aquel ciervo que vivió muerto en mi salón durante 28 años jamás debería haber abandonado la dehesa. Debería haber continuado con su berrea, lanzado sus anhelos al cielo de Guadalajara. Ése era su sitio, y no mi casa. Ése debería haber sido su lugar de vida, vagando, descubriendo, experimentando... Y, cuando fuera su hora, cerrar los ojos y sentir la oscuridad inmensa. 

El "trofeo" ya no cuelga en el salón. Lo hemos retirado porque ha empezado a podrirse por dentro y apesta, y su pelo cae en el sofá. Ya estorba. Y, como siempre se la ha considerado un mueble, debe ser desechado.

Pero su recuerdo perdura. Mi madre lamenta haberlo tenido en casa, siempre lo hizo; sólo mi padre sigue orgulloso, porque aún no ha interiorizado (¿lo hará?) que su presencia colgante no es símbolo de hombría, ni de valor, ni de nada. 

Matar es sólo eso, un acto de violencia. Y, cuando se considera deporte o entretenimiento, es aún más vil y odioso. Es dañar por gusto, es asesinar por el placer de decidir cuándo debe algo morir. Es un juego para creerse Dios. Y es una muestra de simpleza, de bajeza moral y de falta de personalidad.

En la vida imaginada, la que nunca te dejaron tener, amigo, tú aún corres por las colinas. Aún te encabritas, aún vives y aún amas.

Nunca te olvidaré.

Jamás.

(Imagen: El Hermitaño)

25 de septiembre de 2014

El outsider

"El problema del contexto negativo de la diferencia permite considerar, junto al tema del aburrimiento, una figura importante que centra su mismo valor en el concepto de diferencia: la figura del marginal, del “extraterritorial” o el outsider. Es una figura basada en el ejercicio de la diferencia frente a lo común, y lo aceptado. El outsider encarna la diferencia y se convierte, él mismo, en una excepción viviente que juzga –aun sin pretenderlo– todo ámbito constituido por la uniformidad convencional.

Es una figura que ha existido en todas las épocas y culturas, aun con diferente grado del mantenimiento de la diferencia. El marginal representa, en cierto modo, cuantos rasgos positivos caracterizan la diferencia y el rechazo del contexto negativo de la diferencia. Su postura permite captar el sentido de la diferencia. Y, lo que es más importante, el verdadero marginal se encuentra moldeado por el dolor de la diferencia, siendo una encarnación de esa diferencia.

Del mismo modo que la diferencia presenta múltiples facetas y puede estar presente en diferentes ámbitos, el outsider puede tener configuraciones muy diferentes. Y puede encontrarse en ámbitos muy diferentes, que van desde la vida cotidiana a las expresiones más ricas del conocimiento, del arte, de la vida política y de distintas actividades prácticas.

El outsider pasa, en ocasiones, a formar parte de los libros de historia. Pero, la mayoría de las veces, su existencia y su obra quedan confinadas a la letra pequeña de esos mismos manuales, si es que perdura su recuerdo. Porque muchas veces no queda ni eso. Su existencia termina en la pérdida absoluta. Como si con ello mostraran que el sentido de la diferencia es el de perder siempre en un mundo donde sólo parecen ganar las positividades más radicales. Pues el outsider es, la mayoría de las veces, un perdedor. Lo que ocurre es que su existencia ilumina el posible sentido positivo que la imagen del “perdedor” puede poseer.

En ocasiones, el marginal renuncia a lo común con una gran teatralidad, como si necesitara señalar sus diferencias respecto a lo convencional y establecido de un modo explícito. Sin embargo, no es necesario que el outsider muestre los rasgos de la diferencia que le caracterizan, si esta diferencia es lo suficientemente fuerte y se encuentra debidamente fundamentada.

No es necesario que la diferencia se revista de teatralidad y se muestre de modo ostensible. Si la diferencia está basada en fundamentos sólidos, puede erigirse orgullosamente con la modestia del silencio y el orgullo del propio convencimiento, que no necesita nada externo a ellos. Es importante tenerlo en cuenta, porque muchos de los más radicales outsiders conviven en el silencio de la cotidianeidad más uniforme y en el aparente aburrimiento de la existencia propia de nuestra sociedad contemporánea.

Algunas de las más importantes contribuciones de la filosofía se encuentran elaboradas por outsiders que, aun sin parecerlo, son más radicales en su rechazo de la uniformidad que aquellos que pregonan su marginalidad, O que han tomado como profesión –triste profesión– la de ser modelos de algo que nunca puede ser imitado. Porque la diferencia no admite aduladores y nunca podrá ser realmente imitada."

Ignacio Izuzquiza, La filosofía como forma de vida, Síntesis, Madrid, 2005. 

Nunca escribas fuera del margen


Cuánta espontaneidad y creatividad destruimos simplemente porque no cuadran con nuestros prejuicios y expectativas...

(Y qué grande es Quino... :). Fuente: Quino, Potentes, prepotentes e impotentes)

19 de septiembre de 2014

Inicios


1981. Octubre (creo). Tenía año y medio. En la azotea de la casa de mis abuelos.

Me dieron un cartón de tabaco (mi padre fumaba mucho, por entonces) para jugar, y un par de pinzas. Destrocé el primero en pocos minutos (siempre se me ha dado bien romper cosas...), y con las segundas hacía ruiditos golpeando una con otra y trataba de abrirlas (esto, naturalmente, me lo han contado; yo no recuerdo nada...).

Todavía no caminaba, y sólo acertaba a decir "ma", "pa" y "ti". De hecho, no mejoraría apenas hasta los tres años. Nunca he sido dicharachero; me agrada el silencio. Parece que ya entonces me gustaba...

Y, hoy, me gusta, asimismo, el peto de pana que me pusieron; y también ese jersey de lana. Era un día de cielo azul profundo, pero fresco, digno de un equinoccio riguroso. Como, quizá, ya no los hay.

"Vaya pequeñajo", me digo. Un niño siempre es un absoluto misterio: qué hará, cómo vivirá, cuáles serán sus principios. Hay tantas posibilidades para él. Tiene todo el universo abierto. Sólo tiene que escoger... y esperar que los obstáculos no le impidan ser él mismo.

Es bonito verse así: infantil, inocente, ingenuo, desconocedor de todo... También ahora desconozco mucho, todavía. Hay tiempo, sin embargo, para mejorar. En eso debería consistir todo ese tinglado extraño y ligeramente absurdo (pero precioso...) que llamados 'vida'. Intentar conocerte mejor, crecer, evitar el dolor, conseguir (en la medida de lo posible) que el sufrimiento (propio y ajeno) se achique al mínimo. Como reza una frase que encontré por ahí: "Todo lo que tenga vida que sea liberado de sufrimiento". Es un deseo hermoso y admirable. 

Pero, también, es bueno reírse. Es estupendo, de hecho. No tomarnos demasiado gravemente y dejar que aflore el cachondeo y lo liviano le pegue un buen mordisco a la trascendencia. 

¿Quién es ese niño que mira la cámara, medio embobado? Soy yo, pero... ¿qué queda de él en mí? ¿Cuánto persiste aquí dentro, y cuánto he dejado en la cuneta?

Me contaron que rompí el cartón de tabaco y me fui a comerme mi papilla de lentejas (tomaba dos platazos enormes muy a menudo...). Parece que ya entonces sentía cierto apego por las deliciosas legumbres.

Ya tengo, pues, algo más que me une, y en modo alguno se trata de algo baladí, con ese pequeño y cándido ser que una vez fui...

14 de septiembre de 2014

Criaturas


La vi ayer, sábado, por la noche. Era sencilla, hermosa, y muy joven; quizá aún ni siquiera mayor de edad. Su figura, delicada y delgada, brillaba a la luz amarillenta de las farolas. Pero, también, parecía emitir luz propia, una luz que destellaba en sus brazos desnudos. Esos brazos estaban extendidos, embutidos entre las rejas del parque Sant Pere, y se movían lentamente.

Enseguida supe qué hacía: acariciaba a la gatita, blanca, preciosa y cariñosa, que vive en el parque, y en donde algún (o, más probablemente, alguna) entusiasta de los bigotudos le ha construido una especie de refugio con cartones y cinta de carrocero. Supe lo que hacía, aquella muchacha, porque es lo mismo que hago todas las noches, cuando voy de camino hacia la casa de mis abuelos: dejar caer mis manos en el lomo suave y peludo de aquella mansa criatura, que se acerca a ti, confiada. Tiene un efecto inmediato, ese palmoteo: me calma, relaja cuerpo y mente. Las manos acarician, la gatita ronronea y lanza quejidos leves, como pidiendo que no pares, que sigas y sigas... Y, entonces, te devuelve (caso de haberlo perdido) el bienestar. Es el mejor lenitivo que conozco, un sedante para calmar las amarguras de la jornada, para olvidar el bochorno nocturno de septiembre o para tomar fuerzas, en mi caso, de cara a la noche que me suele esperar en casa de los yayos...

Me sorprendió que aquella muchacha no estuviera, como es norma y casi obligación social un sábado por la noche, arreglándose, calzándose sus taconazos, llenando de pintura su rostro, aguardando el momento de irse adonde (casi) todos van... No, ella no. Ella vestía modestamente, como de ir por casa, con sencillas sandalias y una larga y ancha camiseta blanca. Parecía ajena, de hecho, a lo que le rodeaba. Miraba, enternecida, a la criatura, como absorta en aquel animal, dedicándole toda su atención y su amor. La gatita (estoy seguro) ronroneaba igual como lo hacía conmigo; y puede incluso que aún más, dada la delicadeza de aquellos dedos. Yo pasé a su lado, al lado de aquellas dos criaturas simbióticas, que se ofrecían dicha a coste cero... Quise detenerme allí, para participar de aquel universo de emoción y ternura, para brindar mi mano también, pero me sentía extraño, como si no fuera el momento, así que les dejé en su ensimismamiento, a las dos.

¿Puede un segundo, un instante fugaz, una visión momentánea, revelar cómo es una persona? Un hecho no es bastante para enjuiciar a nadie, y un acto no descubre a un ser humano. Y, sin embargo, aquellos ojos, la bondad que trasmitían, los brazos rozando la piel del blanco animal... Como decía Petrarca, "a veces se lee el corazón en la frente". Sí, ella trasmitía la sensación de que no era como los otros, como las otras. Reconozco que aquella imagen, la de la niña y la gatita, caldeó mi corazón e hizo que brillaran los ojos, de satisfacción. Quién sabe si, tras el instante de contacto gatuno, la niña volvería a su casa y transformaría su exterior (tal vez, incluso, su interior...) para seguir la dirección establecida. Puede, sí. Y, pese a ello, una convicción muy intensa me señala lo contrario.

Por la calle circulaban coches a mucha velocidad, con músicas retumbantes, se oían gritos alrededor y el alcohol parecía impregnar el ambiente... Y, no obstante, nada de todo aquello, nada de lo que existía en torno suyo, parecía importar para aquella chiquilla y su minina. Sí, como si hubieran creado su propio mundo.

Es de suponer que jamás la volveré a ver. Llevo un año y medio yendo a casa de mis abuelos y es la primera vez que advierto su presencia. Es, seguramente, uno de esos seres que aparecen en tu vida, instantáneamente, y que desaparecen, acto seguido, para no regresar jamás.

Pero, al menos, la que seguirá allí es la preciosa gatita, cuya existencia me recordará, cuando vuelva a acariciar su lomo de nieve, la de esa otra criatura que, por un momento, se cruzó en mi camino. Dos esencias, dos organismos preciosos ligados, en un momento único, por la belleza y la ternura.

(Imagen: Usneando)

13 de septiembre de 2014

Ristra bibliográfica


Hace unos días la bibliotecaria de Beniopa (Gandía) me reprendió por devolver los libros tarde. Era justa, sin duda, la sanción, pues los tuve en mi poder casi una semana más de lo establecido. Así que me quedo sin poder pillar nuevas obras hasta el equinoccio, por lo menos...

Eso me hizo pensar, sin conexión aparente, en los libros que había ido leyendo en estos últimos años, tanto los propios como de propiedad pública. Recordé que, hace ya un lustro, le pedí a esa misma bibliotecaria que estaría bien tener un registro de los libros que habíamos tomado prestados, para así, en el futuro (es decir, ahora) poder echar la vista atrás y comprobar cuáles fueron nuestros autores, nuestros temas, nuestros géneros... Si en parte somos lo que comemos o lo que escuchamos (música, me refiero), no menos somos lo que leemos, le dije.

La bibliotecaria me miró, sonrió, y me dijo que aquello no era posible en el sistema electrónico de préstamos, y bla, bla, bla... O sea, que me quedé con las ganas de poder extraer un listado de los libros leídos (devorados y regurgitados...) que las arcas del ayuntamiento me cedieron tan amablemente. Pero la idea se me quedó en la mente, y decidí hacerme yo mi propia lista, algo tan sencillo y rápido que capto por qué diantres no la he confeccionado desde hace décadas. 

Sé que un listado así no importará un carajo a nadie... Y no se trata de un ejercicio de arrogancia lectora (un: "mira qué interesante soy, nena..."), pero sí, quizá, de un modo de no perder las anotaciones (suelen desaparecerme las cuartillas a diario...), cosa que lamentaría mucho... Además, puede que dentro de diez años eche un vistazo a esta lista y, con nostalgia, rememore lo que fui, y cómo me moldearon esos libros que leí, que hice míos, desde que abrí sus páginas y me introducí en sus entrañas.

Y ahí va, sin más, mi lista de libros leídos en los dos últimos años. Menciono el título, el autor y el género (N: novela; C: cuentos; DC: divulgación científica; E: ensayo; P: poesía; T: teatro; B: biografía; M: Miscelánea). Abarca desde septiembre de 2012 hasta agosto de 2014.

1- "3001", de A. C. Clarke (N)
2- "Un matemático lee el periódico", de J. A. Paulos (E)
3- "Meditaciones", de F. Kafka (M)
4- "Un ermitaño en París", de I. Calvino (B)
5- "La nube negra", de F. Hoyle (N)
6- "Poemas esenciales del simbolismo", selección de Pedro Plasencia (P)
7- "Antropología filosófica", de J. San Martín (E)
8- "Filosofía contemporánea", de M. Cruz (E)
9- "Pensamiento filosófico español", M. Maceiras (ed.) (E)
10- "Breve historia y antología de la estética", de J. M. Valverde (E)
11- "El lugar maldito", de D. Koontz (N)
12- "Historia Fontana de la Astronomía y la Cosmología", de J. North (DC)
13- "Crónicas del sistema solar", de F. Anguita y G. Castilla (DC)
14- "Factótum", de C. Bukowski (N)
15- "Fundamentos de Filosofía de la Ciencia", de J. A. Díez y C. U. Moulines (E)
16- "Corrientes actuales de filosofía", de Mª C. López Sáenz (E)
17- "El Horla y otros cuentos fantásticos", de G. de Maupassant (C)
18- "Problemas de la filosofía", de B. Russell (E)
19- "La República de los fines", de J. Claramonte (E)
20- "Darwin y el diseño inteligente", de F. Ayala (DC)
21- "España invertebrada", de J. Ortega y Gasset (E)
22- "La conjura de los necios", de J. K. Toole (N)
23- "Relatos" VV. AA. (C)
24- "Todo es eventual", de S. King (C)
25- "Nunca fue tan hermosa la basura", de J. L. Pardo (E)
26- "La vida en la Tierra", de J. Erickson (DC)
27- "Filosofía zombi", de J. Fernández (E)
28- "Ulyses II", de Ignasi Mora (N)
29- "Los invitados al jardín", de A. Gala (C)
30- "El viaje al poder de la mente", de E. Punset (DC)
31- "Ahora hablaré de mí", de A. Gala (B)
32- "Atando cabos", de E. A. Proulx (N)
33- "El sonido y la furia", de W. Faulkner (N)
34- "Galileo", de S. Drake (E)
35- "Historia de la Filosofía Española Contemporánea", de M. Suances (E)
36- "Un maestro de Alemania (Heidegger)", de R. Safranski (E)
37- "La escritura necesaria", de J. L. Sanpedro (B)
38- "La naturaleza humana", de J. Mosterín (DC-E)
39- "Heidegger y la crisis de la época moderna", de R. Rodríguez (E)
40- "Las preguntas de los grandes filósofos", de L. Kolakowski (E)
41- "Diez teorías sobre la naturaleza humana", de L. Stevenson y D. Habermann (E)
42- "Las aventuras de Tom Sawyer", de M. Twain (N)
43- "Aspectos inusuales de lo sagrado", de F. García (E)
44- "El universo ambidiestro", de M. Gardner (DC)
45- "El silencio de las sirenas", de A. García (N)
46- "Jim Botón y Lucas el Maquinista", de M. Ende (N)
47- "Antropología y Fenomenología", de J. San Martín (E)
48- "La realidad oculta", de B. Greene (DC)
49- "Para una superación del relativismo cultural", de J. San Martín (E)
50- "Maleficio", de S. King (N)
51- "Contra las patrias", de F. Savater (E)
52- "Viaje a Oriente", de H. Hesse (N)
53- "Últimas tendencias del arte", de Y. Aznar y J. Martínez (E)
54- "Cuentos", de A. Chéjov (C)
55- "Platero y yo", de J. R. Jiménez (P)
56- "Capitanes intrépidos", de R. Kipling (N)
57- "10 biografíes, d´astrònom a astrònom", VV. AA. (DC)
58- "Las palabras perdidas", de J. Díaz (N)
59- "El principito", de A. de Saint Exupéry (N)
60- "El príncipe destronado", de M. Delibes (N)
61- "Diez negritos", de A. Christie (N)
62- "Veinte poemas de amor y una canción desesperada", de P. Neruda (P)
63- "Los desposeídos", de U. K. Le Guin (N)
64- "La carnaza", de E. Zola (N)
65- "Guillermo Tell", de F. Schiller (T)
66- "Cándido", de Voltaire (N)
67- "Introducción a la teoría literaria", de J. Domínguez (E)
68- "¿Qué diría Sócrates hoy?", de A. George (E)
69- "El cor del minotaure", de C. Enguix (P)
70- "Réquiem por un campesino español", de R. J. Sender (N)
71- "El mal", de R. Safranski (E)
72- "Hamlet", de W. Shekaspeare (T)
73- "El universo para curiosos", de N. Hathaway (DC)
74- "León Bocanegra", de A. Vázquez-Figueroa (N)
75- "Eufemia", de Lope de Rueda (T)
76- "Cuentos escogidos", de M. Gorki (C)
77- "Lolita", de V. Nabokov (N)
78- "Religión y Ciencia", de B. Russell (E)
79- "El libro de los hechos insólitos", de G. Doval (M)
80- "La busca", de Pío Baroja (N)
81- "Filosofía de la Naturaleza", de G. San Miguel (E)
82- "La niebla", de S. King (C)
83- "Las bicicletas son para el verano", de F. Fernán-Gómez (T)
84- "Cumbres borrascosas", de E. Bronté (N)
85- "La solitud poblada", de R. Casanova (P)
86- "Los 100 mejores cuentos del Mulá Nasruddín", de B. Ruiz (compilador) (C)
87- "Viaje a los centros de la Tierra", de V. Horia (E)
88- "La flecha negra", de R. L. Stevenson (N)
89- "Los santos inocentes", de M. Delibes (N)
90- "Las fronteras de la persona", de A. Cortina (E)
91- "La vida de los planetas", de R. Corfield (DC)
92- "Romeo y Julieta", de W. Shekaspeare (T)
93- "La filosofía como forma de vida", de I. Izuzquiza (E) 
94- "El origen del diálogo y la ética", de E. Lledó (E)
95- "Tao te ching", de Lao-Tsé
96- "De la Tierra a la Luna", de J. Verne (N)
97- "La revolución cultural", de L. A. de Villena (E)
98- "En las orillas del Sar", de R. de Castro (P)
99- "Tres sombreros de copa", de M. Mihura (T)