30 de agosto de 2014

Otra suya (François Rabelais)

"Empleaban su vida, no según leyes, estatutos o reglas, sino según su voluntad y franco arbitrio. En su regla sólo figuraba esta cláusula: HAZ LO QUE QUIERAS, porque gentes libres, bien nacidas, bien instruidas, que conversan en honesta compañía, tienen por naturaleza un instinto y aguijón que, siempre, los empuja a obrar correctamente y los aparta del vicio"

Citado en La revolución cultural, de Luis Antonio de Villena, Planeta, 1975.

Acopio


En las postrimerías de este suave y extraño verano, hay que ir ya pensando en el cambio de estación que se aproxima. Aunque por estas tierras el otoño es corto y suele camuflarse entre los solsticios, y es posible que no llegue hasta bien entrado noviembre (este año pasado recuerdo haber nadado en la playa el 5 de ese mes…), tarde o temprano, el frío vendrá. Y, con él, las ganas de reconfortarse al calor de un buen fuego.

Con ese fin he estado recolectando leña. Mi padre, más indiferente, me dice que por diez euros tienes toda la quieres (y, en efecto: cerca de nuestra casita, precisamente, hay una  explanada en donde un joven sierra, apila y empaqueta grandes cantidades y las vende a buen precio). Sí, ya lo sé; y, sin embargo…

En los últimos días dos esforzados operarios han estado podando los naranjos de los campos que nos rodean. La sierra eléctrica rugía entre las verdes copas, y el aire se impregnaba de serrín. Al último día me acerqué a los hombres y les pregunté si me podía hacer con los tronquitos recién cortados, que ellos amontaban en la base de los árboles. Me contestaron que no había problema, de modo que, contento, empecé la recolecta…

No es un trabajo cómodo: el espacio entre hileras de árboles está ocupado por los restos de ramos con hojas (destinados a ser quemados) que impiden el paso, por lo que debes meterte por debajo de los naranjos, pinchándote y tropezando la espalda con las ramas bajas. Además, al atravesar los árboles cuando recoges los leñitos (pese al diminutivo, a veces pesan quince kilos y miden más de un metro de gruesa madera…), alguno puede escaparse de tus manos, de modo que atrapas menos y haces más viajes hasta el camino principal… o te arriesgas a que algún madero te caiga en los pies. Yo opté por esta segunda opción, más rápida, aunque admito que me magullé las patas en un par de ocasiones…

Luego, una vez dispones de toda la leña sobre la senda, toca trasportar. El calor de agosto, aunque más soportable que otros veranos previos, se ve que facilita la segregación de mis feromonas, pues en el trayecto de ida y vuelta, cargado con los tronquitos, las alegres moscas posaban sus adorables cuerpecitos alados en mi sudada piel y aprovechaban mi indefensa situación para darse una buena ración de plasma fresco. Malditas…

En un par de mañanas pude completar la tasca. Cuando lo hice, asentí satisfecho; no era mala provisión. Y, además, gratis (“te has ahorrado diez euros”, le dije a mi padre, que miraba el montón de compacta materia vegetal, asintiendo). Sólo había empleado unas pocas horas, y no había perdido nada (bueno, excepto algo de sangre…). Eso sí: acabas sudado, agotado, con las ropas sucias de resina, el pelo pegajoso, los pies con algún corte superficial, las manos con callos… Es decir, acabas en la gloria.

Bien, pues ahora sólo resta darle vida a la sierra eléctrica, limpiar los troncos, partirlos y almacenarlos, cubriéndolos con una malla para evitar que la lluvia (pero, ¿lloverá?... llevamos casi un año en blanco… me temo que, cuando lo haga, será un verdadero horror) pudra la leña.

Y, cuando el verano se bata en retirada y hagan entrada el frío nocturno y la humedad que penetra en las paredes, cerrar las ventanas y las luces, encender un buen fuego y, en silencio, dejar que pase el tiempo. Leer, soñar, escribir, abrazar, imaginar, recordar y sentir.


Y que todo vaya siguiendo su curso, una vez más.

(Imagen: El Hermitaño)

19 de agosto de 2014

Dicha


"Los alegres curan"

François Rabelais

10 de agosto de 2014

'Lacrimosa', por San Lorenzo


Sucedió hace mucho tiempo, pero al parecer los cielos siguen llorando aún hoy por aquel horrible suceso. Tal vez deberían hacerlo igualmente en recuerdo de muchos otros, pero la tradición cristiana, como cualquier tradición, sólo contempla sus propios sufrimientos y sólo a ellos los ennoblece.

Pues bien. El 6 de agosto del año 258 un prefecto de Roma acababa de ejecutar al Papa Sixto II. En medio de este ambiente de violencia y terror, cuatro días después el mismo prefecto urgió a un diácono cristiano, llamado Lorenzo, que le entregara cualesquiera objetos valiosos que poseyera la iglesia. Lorenzo, al cabo de poco tiempo, regresó hasta el puesto del funcionario romano acompañado por un grupo de gentes pobres, desvalidas y enfermas y proclamó, según reza la tradición, desde luego, que aquellos eran los más nobles tesoros de que disponía la iglesia. El prefecto, irritado, ordenó que mataran a aquel insolente. Siempre desde la historia cristiana, la ejecución fue llevada a cabo con una crueldad insoportable: ataron a Lorenzo a un asador de metal, encendieron un bravo fuego justo debajo y vieron cómo Lorenzo ardía, carbonizándose su cuerpo hasta quedar reducido a cenizas.

Aquella noche el cielo se comportó de un modo extraño. Aparecieron por doquier estrellas fugaces, que resplandecían y llenaban el firmamento surgiendo desde la constelación de Perseo, iluminando la noche, a modo de lacrimosa despedida por el penoso y triste fin de Lorenzo. Naturalmente, aquellas estrellas fugaces pasarían a la posteridad como las “Lágrimas de San Lorenzo”, y aunque este año la Luna Llena nos va a impedir contemplar el espectáculo con toda su magnificencia, nunca está de más una ojeada para vislumbrar algún rastro de luz entre la noche veraniega. Sin embargo, habrá que recordar que hay que mirar al este, pues no hay que confundir las lágrimas del santo, que brotan desde la constelación de Perseo (por eso se denominan, también, Perseidas), con otras lágrimas esporádicas que aparecen por todo el firmamento. Es bueno (siempre es bueno…) buscar un sitio alejado de las luces, de los ruidos y las multitudes para apreciarlas mejor, tumbándose en la arena de la playa o con el saco en medio del bosque y aguardar, con paciencia, a los visitantes cometarios. Quizá se vislumbren uno de ellos por minuto, o quizá algo más…

Las lágrimas, en términos (digamos) laicos, en realidad no son más que pedacitos insignificantes de cometa, que éste va dejando a su paso por el sistema solar interior a medida que se acerca al Sol en su alargada órbita. Y, en este caso concreto, se deben a las partículas que el cometa Swift-Tuttle pierde y expele al espacio interplanetario. Cuando la Tierra atraviesa ese rastro de desperdicios cometarios (cuyos tamaños varían entre el de granos de arena a ciruelas), impactan con la atmósfera de nuestro mundo (mundo que, recordemos también, viaja a la nada despreciable velocidad de 30 kilómetros por segundo,  o unos 100.000 por hora); la fricción del choque eleva la temperatura de las partículas hasta hacerlas brillar, ardiendo (como ardió el cuerpo de Lorenzo…) y emitiendo un surco de luz que atraviesa el cielo.

Es bien sabido que, en nuestra cultura, se pide un deseo al ver una estrella fugaz (en Chile hay que coger una piedra si queremos que se cumpla), y se asociaba su visión a la muerte de alguien. En otros lugares, como es lógico, les dan otro significado al de la tradición cristiana. Los rusos, por ejemplo, sostienen que se trata de los diablos que el cielo ha expulsado; en Estados Unidos, tribus californianas veían en ellas las “heces de las estrellas”, y a cierto tipo de estrellas fugaces muy brillantes y que dejan a veces una estela de luz (llamados bólidos) les consideraban espíritus caníbales que perseguían almas perdidas con el fin de devorarlas. Curiosa es la interpretación que se les hace en Filipinas: al parecer, allí las lágrimas son las almas de los alcohólicos que, al transitar por el firmamento negro, recitan una canción, una admonición a quienes están en la Tierra y que reza: “No bebáis, no bebáis”. Estas almas tratan de alcanzar el cielo, pero por la noche las vemos cómo, invariablemente, vuelven a caer a la tierra…

Las Lágrimas de San Lorenzo serán visibles este año, Superluna mediante (coinciden las Perseidas, en efecto, con el perigeo lunar, el punto en que más cerca se halla de la Tierra), desde hace unos días hasta el 22, aproximadamente, pero sobretodo en la noche del 12 al 13, que es cuando acontece el máximo de actividad. Como la Luna estará llena justamente por estas fechas, lo mejor es observar justo después del anochecer y hasta medianoche, porque entonces nuestro satélite aún no habrá aparecido por el horizonte y no entorpecerá la visión de los meteoros más débiles.

Por muchas "Lágrimas" que caigan del cielo... no os olvidéis nunca de sonreír, y de disfrutar.

(Imagen: Darryl Van Gaal, en APOD

7 de agosto de 2014

Pasión-Amor-Amistad

"El dominio mutuo, la conquista definitiva sucede al proceso del cortejo. Es la decisión de aceptar al objeto o persona amados. Esta decisión se encuentra teñida de sombras y nunca comporta seguridades y certezas absolutas. Pero lleva a instaurar una particular situación de diálogo y de transposición de valores. Se trata de la instauración de un sujeto compartido: de un yo que es tú y viceversa. Es el dominio absoluto de uno por el otro. La más absoluta enajenación. Por eso se vive como una especie de locura. Y, por eso, quien ha llegado a este momento parece, a ojos de los demás, alguien enloquecido. Alguien poseído por la sagrada manía del amor [...].

Sin embargo, el culmen del proceso del amor se encuentra en la vida diaria, en el diario compartir común de tareas, sentimientos y dudas. Es el amor vivido en la normalidad, sin estridencias. El amor duradero. El amor que crea sentimientos de ternura infinita. En este estadio, el amor debe resolver pruebas contundentes y muchas veces se verá amenazado de muerte.

Pero el amor desemboca en una verdadera paradoja: en la amistad más sincera, que lleva a compartir de un modo natural lo que se ha debido conquistar o lo que ha estado matizado por la fuerza de la pasión. La amistad es el triunfo del amor más profundo. Ya no necesita manifestación estridente alguna. El amor como amistad ha superado toda violencia y se establece sobre la igualdad, sin necesidad alguna de estar dominado por el poder. Es el destino para el que prepara los sinsabores de un verdadero proceso amoroso."

Ignacio Izuzquiza, en 'La filosofía como forma de vida', Síntesis, Madrid, 2005.

6 de agosto de 2014

Los memos


Paseaba tranquilamente, unos días atrás, por las montañas cercanas a Gandía cuando llegué a aquel parque, donde suele el gentío organizar y preparar sus paellas y barbacoas. Y, al mirar su interior, me detuve en seco. 

Aquel espectáculo me puso, sí, de muy mala leche. 

Y no me suele suceder, pero ver aquella acumulación de desperdicios, de mierda, dejadas allí por unos imbéciles (ésos y aquellos otros que arrojan al suelo, entre los pinos y fuera de los contenedores su inmundicia [suya, sí, porque forma parte de ellos, no es algo externo de lo que prescindan... es su yo], unos imbéciles incapaces de depositar sus residuos en la papelera situada (obsérvese bien la fotografía...) a escasos centímetros de la mesa... ver aquello fue como una patada en las partes nobles, una risa de desprecio esbozada por aquellos anónimos (ellos mismos despreciables...) seres.

Y, entonces, me pregunté si valía la pena, si merecía el esfuerzo ofrecer tanto bienestar a quienes no son capaces de entender un carajo: ni de dónde vienen, ni adónde irán (cuando no sean más que polvo y huesos dentro un ataúd, quizá dentro de no mucho tiempo...), ni cuál es su relación con el entorno, entorno que ellos ven como otra diversión más, a la que no deben respeto ni cuidado; únicamente se aprovechan de él, de ese entorno, lo fuerzan, exprimen su jugo y luego desaparecen, sin considerar nada, sin atender a rogativas, a carteles que intentan educar su lamentable comportamiento habitual... No sirve de nada, porque la naturaleza es, no ya su amiga, sino una mera ramera, a la que violar cuando se les antoja, y escupir a la cara en cuanto les ha satisfecho su deseo.

Y me respondí a mí mismo que no, que no merecen ese privilegio. Que cuando la educación inculcada es tan insuficiente, tan mezquina y fútil, tan carente de valores cívicos, lo mejor es prohibir. Y prohibir para siempre, además. Recordé, entonces, la película "Minority Report" (basada en la novela homónima del gran Philip K. Dick), y su pre-detección de los homicidios y los atracos... Y lamenté que algo así no exista ya, pero aplicado a quienes dañan el mundo natural. A todos aquellos que echan una colilla en el bosque, a quienes maltratan a un perro callejero o a quienes vierten sustancias tóxicas en los ríos... Poder predecir que lo harán, y acudir para evitarlo. Y juzgarles. E impedir que pisen otra vez el santuario natural, que dejen caer unas gotas de lejía en el agua que fluye o que se acerquen a menos de cincuenta metros de cualquier animal...

Y que todos sepan cuáles son sus rostros, cómo se llaman; dónde viven, incluso. Que se sepa quiénes son los que nos hacen daño, a nosotros y a todos los demás. Quienes no aman nada, ni siquiera a sí mismos. Sólo conociendo se puede respetar; y ¿cómo van a conocer, aquellos mendrugos que se sentaron en el merendero, algo de la grandeza que les rodea si no saben nada ni de ellos mismos? Si precisan de jolgorio, del ruido, de la actividad constante, para no centrarse en sí mismos... so pena de huir aterrados ante lo que puedan descubrir en su mismo interior, ¿qué podemos esperar que respeten, que cuiden, que mimen?

Nada, ni a nadie.

Tras el instante de rabia, de impotencia, todo se trocó en ascoY, sobretodo, en lástima. Me apena que haya seres así. Es triste.

Demasiado triste...

(Imagen: El Hermitaño)

25 de julio de 2014

(En sólo) 48 horas

Dos días pueden dar para mucho; o para apenas nada. Con la "Xiqueta" suelen acontecer lo primero. Anclada desde hacía dos meses en la misma tierra, me pedía a gritos un meneo por la carretera. Accedí a su ruego. Y me regaló momentos y ambientes... sencillos y asombrosos.

Primero, a la montaña. No tuve que cavilar mucho: fui cerquita de casa, a un pico que, cuando era más joven, habituaba a subir y en cuya cumbre dormía con el saco cuando aún dejaban hacerlo, cuando aún había sitio allá arriba. El Montdúver. Me quedé a sus faldas, eso sí, sin ascender hasta lo más alto. No es julio mes propicio para garbeos senderistas.



El Montdúver, visto desde la Font de la Drova


Descansé en el párking de la Font de la Drova, sin nadie al lado. Era delicioso el tiempo (l´oratge, más propiamente dicho, aunque sea en otra lengua...). Comí y me dediqué a la siesta. Y estaba a punto de ponerme a caminar cuando vino la colla... Grupitos de chavales, scooters, coches... griterío, diversión. Iban a competir, toda la tarde, en un torneo de fútbol en el campo anexo. Vale. Para ellos, pues.



Párking de la Font de la Drova, aún en completa soledad


Arranqué y bajé unos kilómetros, hasta otro parque, este más íntimo y escondido. De momento, al menos. Un vecino, que ya nos conocía porque somos asiduos a ese parque (somos, sí, plural: la "Xiqueta y yo; ¿o acaso la vamos a valorar como un mero amasijo de hierros, maderas y tornillos? No en este caso: en ella hay ''algo'', algo que vive, que palpita... Quien no ha vivido junto a ella no puede entenderlo...), un vecino, decía, nos saludó y charlé con él de mundanidades, hasta que se acercó un perrazo vagabundo y advertí, con satisfacción, que el buen hombre le alimentaba y le proporcionaba agua, a lo que el animal correspondía con compañía y presencia.


Un agradable parque... y no digo dónde

Di un paseo tras la charla, escuché los 'gorjeos' de las palomas y me tomé un aperitivo de zarzamoras (aún les quedan un par de semanas para estar bien maduras), justo antes de meterme en casa, cenar y hablar con mi progenitora (que rió al saber que estaba a escasos cuatro kilómetros de ella... y eso que me había ido "de viaje"). La noche pasó plácida, de no ser por la visita de los mosquitos, que se cebaron una vez más conmigo, pululando por la capuchina bien relajados. Supongo que mis feromonas les deben poner; siempre lamenté que no sucediera lo mismo con las lindas muchachas, cachis...


Sueño... puñeteros mosquitos.

Me desperté temprano, para sacar más partido a las horas. Ya hacía calorcillo; el mistral había empezado a desaparecer y nos devolvía el levante húmedo y repelente... Pero, no sé si por el hecho de volver a dormir en mi casa (hogar, retiro, santuario, caracol... llámese como se desee), porque me esperaba una playita agradable, o porque la vida es una maravilla para todo aquél que sabe para qué diantres está aquí (y para el que no lo sabe, también), el caso es que me sentí alegre. No sé ni por qué, pero me dio por sacar mis víveres de la nevera y los armarios, ponerlos todos juntos e inmortalizar el momento. Vaya gilipollez, sí... pero échenle la culpa a los mosquitos, que me robaron el descanso...


Mis viandas para el viaje: faltan algunos plátanos, casi toda la sandía y los frutos secos, devorado todo ello el día previo. Sí, es cierto: hay carne en exceso... :P



Vaya cara... Y con barba de un mes (que no me vea mi abuelo...)

Me puse en marcha y la "Xiqueta" me acercó a la Playa de Tavernes. Le saludaron otras casas móviles a la llegada a la explanada. Ella se sentía a gusto, lo sé, rodeada por sus colegas... Es más sociable que yo...



La "Xiqueta" y sus 'socias'

Nada más llegar no perdí un minuto y me dirigí a la playa. Dejando atrás los edificios y un chiringito ruidoso apareció un largo kilómetro de arena solitaria y no edificada, un pequeño paraíso de tranquilidad, con dunas a tu espalda, un sol amable tostando el cuerpo y el mar abierto y que llamaba... Media hora recibiendo los rayos y no aguanté más. El agua estaba templada, deliciosa. Me quedé una hora larga allí dentro, nadando, buceando a ciegas, haciendo el muerto, dejándome llevar por las olas... Una gozada.


Tranquilidad, soledad, sosiego, sol, dunas y agua calmada. Un regalo.

Pero, de nuevo, al volver para comer se fueron acumulando alrededor coches y más coches, y presentí que, de cara a la noche, habría jaleo, de modo que arranqué y decidí ir a la Alquería del Duc, cerca de Gandía, para ver cómo estaba el humedal en este año, el más seco en los últimos ciento cincuenta. Me alegra ver que las aves (patos, foges y otras...) aún permanecen allí, pese a que la extensión haya disminuido tanto. Pero las advierto, agazapadas, a resguardo del sol entre las cañas y los matorrales. No obstante, parecen cansadas, tristes; no sé si es por la falta de lluvia o por el incordio del "bum bum bum" que truena a escasos doscientos metros, cortesía del señor alcalde y que constituye un fenomenal "efecto llamada" para la turba de jóvenes (algo descerebrados...) que no tienen más anhelos que la playa, el alcohol y... más alcohol.


L´Ullal Gran, en la Alquería del Duc

Quizá deberíamos hacer saber, a los responsables de turno, que el silencio y el ruido no pueden convivir. Que sólo cabe uno u otro; y que el silencio es frágil, endeble, fácilmente absorbible por el ruido, que lo mata y erradica sin esfuerzo. El silencio, sin embargo, es un estado natural; el ruido, por el contrario, es creación humana. Y juntar ambos, tan dispares, en una misma parcela es una salvajada. Porque el ruido no muere ante el silencio. Por tanto, éste último es el único que debe protegerse. Quizá por eso la apariencia cansada, abatida, de las aves... Han perdido su paz, su mundo callado; y están trastornadas... 

Con ese ambiente, dormitar allí era impensable. De modo que, desgraciadamente (y ya van...) tuve que buscar una alternativa, y la encontré, al fin, en otro lugar común, la playa de Piles. Allí descansé, escuché mis músicas, me tragué un par de novelitas cortas, di un paseo al atardecer y acabé con mis existencias alimenticias por completo...

Poco quedaba ya por hacer, a la noche. Me quedé mirando a un gato vagabundo (no es él; en otra ocasión ya hablaré de ese "otro gato"...), a las parejas que hacían deporte nocturno, al señor de la silla de ruedas que paseaba a su perrazo, y a las estrellas, que les dio por salir tenues, entre una bruma levantina que enturbiaba el cielo.

Gastos: 20 euros de gasoil; 0 euros en comida (la traje toda de casa...)

Beneficios: 48 horas de dicha, pilas cargadas y anhelos de volver pronto a la carretera. 

Creo que, obviamente, me ha compensado...

Eso sí: añoro un viaje de un mes o dos, y añoro a alguien con quien compartir todo ese tesoro de vivencias.

Duerme, hasta que te requiera de nuevo y tengas a bien acompañarme, y yo a ti...

Duerme, Amiga mía.



Crepúsculo en la playa de Piles

(Imágenes: El Hermitaño)

18 de julio de 2014

La buena 'educación'

"Gracias a la instrucción obligatoria, hay menos analfabetos y más imbéciles"

Albert Guinon

Azul caribeño y metáfora vital


Siempre me emociona este episodio de 'Doctor en Alaska', y fundamentalmente su final. Y no por visto, ya que calculo que habrán sido por lo menos unos 200 los visionados (no exagero nada, soy un friki "ciceliano").

Si alguien siente una pizca de curiosidad por saber de qué va tal episodio, puede echar un vistazo a mi comentario aquí.

Y la música de Enya siempre es un aliciente más... 

15 de julio de 2014

Opus 400

Hubo un tiempo, meses atrás, en el que pensé que este blog ya no tenía ningún presente, y mucho menos algún futuro.

Yo había cambiado; ya no era aquel solitario, aquel introvertido tipo de 25 años que quiso poner algo (muy poco... ) de su vida aquí, en estas notas. Tras años de introspección, de encierro en mí mismo, por fin había dado el paso. Entre otras cosas, el de intentar amar y ser amado, sobretodo en un ámbito y con una profundidad desconocida hasta ese momento. Y lo logré.

Ya no soy, en efecto, plenamente, aquel solitario; y, sin embargo, lo sigo siendo. Y lo seré siempre. Y siempre necesitaré mi espacio, mi retiro, mi silencio y mi soledad. De modo que este blog debe seguir vivo. Y crecer. Quizá perviva a la par que su creador...

Ha habido tres fogonazos, tres descargas emocionales, tres chutes de dopamina, en menos de un año. Ando agotado aquí (pecho...), pero gracias a esas inyecciones he vivido lo que nunca soñaba vivir. 

Alba, Meg y Nora.

Ellas han cambiado todo.

Para vosotras, ésta canción.

Amor, pasión y amistad.

(PD: Con este hacemos 400. Ojalá haya muchos más por delante...)




"My darling girl, my darling girl.
Mi querida niña, mi niña querida.

You're all that matters in this wicked world,
Tu eres todo lo que importa en este mundo malvado,

all that matters, all that matters.
todo lo que importa, lo único que importa.

My darling boy, my darling boy.
Mi querido niño, mi niño querido.

All of my sunshine and all of my joy.
Todo mi sol y toda mi alegría.

You're all that matters.
Tu eres todo lo que importa.

All that matters.
Todo lo que importa.

Well, I can't stop the pain when it calls.
Bueno, yo no puedo parar el dolor cuando llama.

I'm a man.
Soy un hombre.

And I can't stop the rain when it falls, my darling, who can?.
Y no puedo parar la lluvia cuando cae, mi amor, ¿quién puede?.

My darling girl, my darling girl.
Mi querida niña, mi niña querida.

You're all that matters in this wicked world,
Tu eres todo lo que importa en este mundo malvado,

all that matters, all that matters.
todo lo que importa, lo único que importa.

My darling friend, my darling friend.
Mi querida amiga, mi amiga querida.

All we've got going is love in the end.
Todo lo que tenemos en marcha es el amor al final.

It's all that matters, all that matters.
Esto es todo lo que importa, lo único que importa".

Ofrenda


Si hay algo que deseo profundamente que crezca en el huerto, que desarrolle frutos bellos y grandes, sabrosos y dulces, ese 'algo' es la sandía.

Aprecio todo por igual, todo lo que, echado a la tierra, brinda alimento, por escaso o poco rico que esté (desde la albahaca a los tomates, desde los pepinos a las cebollas, o desde las lechugas a los cacahuetes)... pero, las sandías, son especiales.

Quizá por ser tan vulnerables al "poll", como decimos aquí, quizá por crecer (si así lo desean los hados...) tan rápida y espléndidamente, hasta adquirir tamaños enormes y pesos de varios kilogramos, quizá porque es una de las plantas más delicadas y que más cuidados y mimos requiere (o eso creo...).

O, quizá se deba, sin más, al placer inigualable que produce llegar a casa todo sudado, cubierto de polvo y de cansancio, tras una mañana bajo el sol de verano (aunque últimamente no son muchas las mañanas así y hago bastante el gandul..., sí, tengo que reconocerlo), abrir la nevera, sacar un par de rodajas frescas de sandía, roja, con pepitas (sí, la sandía, la buena, la de siempre, ''debe'' tenerlas...) sentarte en el suelo (una excentricidad mía...), ver acercarse a los gatos... y zamparte esa delicia de agua y fructosa, tal vez con un poco de pan (hábito herencia de mi abuelo... a quien le doy las gracias por revelarme esa jugosa combinación).

No conozco otro modo mejor de recuperar líquidos, fuerzas, energías, de sentirte vivo y lleno de vigor, otra vez.

Y todo gracias a unas pequeñas plántulas que, debidamente tratadas y acariciadas y, con la venia de la Providencia (que puede ponerse de nuestro lado... o no), surgen, germinan, brillan, irradian y, finalmente, nos obsequian con un apetitoso bocado, el mejor que el verano nos puede proporcionar.

Y, además, sin tener que ir a comprarlo. Es llegar al huerto, cortarlo y, de ahí, a la boca.

¿Puede haber algo más satisfactorio?

(Imagen: El Hermitaño)

Tradición repugante



"Entraron, y, dirigidos por el 'Carnicerín', se colocaron cada uno en su
sitio. Había empezado la corrida; la plaza estaba llena. Se veían todas las
gradas y tendidos ocupados por una masa negra de gente.
Manuel miró al redondel; iban a matar al toro cerca de la barrera, a
muy poca distancia de donde ellos estaban.

[...]

Aplaudió la gente y comenzó a tocar la música. El lance le pareció
bastante desagradable a Manuel; pero esperó con ansiedad. Salieron las
mulillas y arrastraron al toro muerto.

[...]

Un monosabio se acercó al caballo, que seguía estremeciéndose; el
animal levantó la cabeza como para pedir auxilio; entonces el hombre le
dio un cachetazo y lo dejó muerto.

-Yo me voy. Esto es una porquería -dijo Manuel al señor Custodio; pero
no era fácil salir de allí en aquel momento.

[...]

Manuel, sin decir nada ni hacer caso de observaciones, salió del
tendido. Bajó a unas galerías grandes, llenas de urinarios que olían mal,
y anduvo buscando la puerta, sin encontrarla.

Sentía rabia contra todo el mundo; contra los demás y contra él. Le
pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.

Él suponía que los toros era una cosa completamente distinta a lo que
acababa de ver; [...] veía una cosa mezquina y sucia, de cobardía y de intestinos; una fiesta en donde no se notaba más que el miedo del torero y la crueldad cobarde del público recreándose en sentir la pulsación de aquel
miedo.

Aquello no podía gustar -pensó Manuel- más que a gente como el
'Carnicerín', a chulapos afeminados y a mujerzuelas indecentes".


Pío Baroja, "La busca" (1903).