13 de octubre de 2009

"Northern Exposure" (Doctor en Alaska): episodio 3x09, "Despierta"





Hay una línea muy delgada entre lo racional y la magia. Muchos estudiosos medievales eran (lo que hoy denominaríamos) científicos y, al mismo tiempo, alquímicos, magos y astrólogos. No entendían, excepto en los casos de obvia charlatanería, que hubiese contradicción en entender de ambas formas al mismo tiempo el Cosmos. Y, de hecho, no la hay. Una, la científica, es meridianamente evidente, respira a través de la materia y los hechos y fenómenos y, por suerte, podemos utilizarla en nuestro propio beneficio y el de los demás. La otra requiere de más sutilezas, de una perspectiva del mundo y el ser humano que englobe más allá de lo palmario, lo transmitido por sentidos y revelado por métodos repetibles y accesibles. Pero está ahí, si así lo queremos. Está, igualmente, a nuestra disposición, y con ella se pueden alcanzar maravillas. Rechazar una u otra no hace más que limitarnos, vaciar el depósito de experiencias y cercenar lo que de humano aún poseemos.



Cuando Joel inicia sus estudios para obtener el título de médico internista y el de especialista en endocrinología, sus facultades, sus recursos, incluso su propia noción del mundo, descansa sobre lo racional. Cuando Chris y Steve (el físico-mago) hablan y meditan acerca de la realidad transmitida por la mecánica cuántica, se acercan más a la magia que a lo racional. Pero ellos dos navegan en aguas bífidas, científicas y fantásticas (aunque no por ello menos reales), mientras Joel no concibe lo que medra más allá de su parcela de existencia, desconoce, ignora o se muestra indiferente hacia aquella otra, igualmente presente pero inalcanzable para su sistema de entendimiento. La concibe como mera ficción, una alucinación, una ilusión sólo apta para mentes alejadas de lo innegable, lo concreto y auténtico.



Chris: "En fin, me parece que a medida que te introduces en la cebolla del átomo y te metes en partículas más pequeñas te das cuenta de que, realmente [y éste 'realmente' es clave...], ... no hay partículas en absoluto". Y, más tarde: "El edificio esencial de todo es la nada". A lo que Steve añade:"Todo es ilusión, es lo odioso de este asunto... ¿qué se supone que debes hacer con una información como ésa...?". Al mismo tiempo, Joel se pregunta acerca de sístoles, soplos, aortas, hipertrofias y demás. Lo cual no es malo, si no fuera porque acota ahí su realidad, su mundo, todo su ser.



Marca la diferencia entre ambos, desde luego, la consciencia, discernir que lo percibido, lo que hay y aquello con lo que soñamos, la realidad, toda ella, no está cerca ni lejos de nosotros, no duerme con la forma de un libro sobre corpúsculos en nuestra mesita de noche o con los fuegos fatuos o pócimas alquímicas. Nada es todo ello, y todo es esa misma nada. "Cuando pensamos en un mago, la imagen que nos viene a la mente es la de Merlín: una larga barba blanca, un sombrero de cucurucho, ¿no es así? Bueno, en una de las versiones de la leyenda del Rey Arturo, éste arquetípico mago se retira, se jubila del negocio de los conjuros. ¿Sus motivos? Lo racionalista domina, se acaba la era de la Magia. Bueno, el viejo Merlín debería haberse quedado porque esos mismos racionalistas intentando poner una cuerda alrededor de la realidad de repente se han encontrado en la psicodélica tierra de la Física, una tierra de quarks y neutrinos, un lugar que se niega a jugar bajo las reglas de Newton, un lugar que se niega a jugar bajo ninguna regla, un lugar más apropiado para los Merlines del mundo..."



Si hay posibilidad (y casi siempre la hay) deberíamos hacer vivir a esas dos imágenes de lo real en nuestro entendimiento y aprehensión del Cosmos y de nosotros mismos. Pero sin radicalizar nunca ambas; si acaso, dejar volar la imaginación algo más, pasar el tiempo en las tierras del hechizo y del velo ritual, o sea, el de la magia (¿liberación?, ¿catarsis?) mental. El mismo día a día emite y contagia demasiada racionalidad, lo cual es bueno, pero no suficiente. Si bien ella, la razón, también ofrece su dosis de fascinación y atractivo, porque nos permite penetrar en un mundo igualmente oculto, todo individuo se sostiene bien sobre dos piernas; no apoyemos siempre nuestro peso en sólo una de ellas.



Un mundo sin magia, y sin razón, es como un niño privado de infancia, o un animal que careciese de sus instintos. La vida precisa de tanta imaginación, de tanta fantasía y creación desinhibida como de una ligera correa, un cordel que anule, aunque muy (muy...) ligeramente, las voluptuosidades que nuestra mente es capaz de engendrar. Esto es algo que, finalmente, acaba descubriendo Joel, que abandona los libros, siquiera por un día, y se adentra en ese mundo desconocido para él hasta entonces, un universo de sensaciones, experiencias y actos tan (o más) humano que el suyo, y tan (¿o más?) real.



Aunque las revelaciones de lo racional nos indiquen un vacío, la realidad como un agujero sin sentido e ilusiorio, puede quedar un reducto de realidad, de verdadera realidad, que es el que importa, el que se halla más allá de nosotros, del tiempo y del espacio, de la ciencia y, sí, también más allá de la misma magia. "Si no hay nada de sustancia en el mundo, si el suelo que pisamos es un espejismo, si la realidad no lo es en sí misma, ¿qué nos queda, dónde colgamos el sombrero? [...] ¿Cuál es la cumbre de lo irracional, el código de barras de lo misterioso?... Exacto".



Es fácil de adivinar; son cuatro letras. Y son ellas, ésas cuatro letras, las que abren y cierran nuestras vidas. Nada más cuenta, nada más existe, nada más es real. O, mejor, todo responde a ellas cuatro. Ellas, sí, lo son todo.

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